20 de septiembre 2011

Fuente: Publicación Barómetro  

Por Bruno Peron Loureiro

Los contenidos de los análisis publicados por Barómetro Internacional, son responsabilidad de los autores 

El aumento de la demanda de energía eléctrica en Brasil refleja la robustez de su economía, la cual se prevé pasará del octavo al quinto lugar mundial en un futuro próximo,  y reitera la preeminencia de explorar fuentes de energía, limpias, renovables y del menor daño ambiental posible.

La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) alertó sobre el riesgo de apagones en caso que América del Sur no doble su producción energética en veinte años. La pujanza de la economía brasilera sin embargo no se asegura sin la consideración de los efectos ambientales y sociales en las regiones que canalizan las inversiones de infrastructura.

Ésta advertencia viene de la intención del gobierno brasilero de erigir usinas hidroeléctricas en por lo menos siete países de América Latina: Bolivia, Guyana, Surinam, Nicaragua, Argentina y sobre todo Perú. Las centrales se construirían en asociación con la estatal brasilera Electrobrás y con empresas de los demás países. Tendrían una capacidad estimada de 12 milo MW y abastecerían al mercado brasilero con parte de su producción.

Los países latinoamericanos de economías expansivas precisan naturalmente ampliar sus fuentes energéticas. De allí que la urgencia de nuevas infraestructuras surge de demandas internas y no de lo que se acusaría como “imperialismo brasilero”, ya que la diplomacia de Itamaraty se guía por la cooperación, la amistad y la complementación de acuerdos económicos con programas educativos y sociales entre los países vecinos.

El Plan Decimal de Expansión de Energía (2011-2020) es un documento que contiene el entorno de planeamiento y política energética de Brasil. El Plan establece que el aumento de la demanda se debe esencialmente al consumo intensivo de industrias de base (fertilizantes, siderurgia, petróleo, papel y celulosa).

Las principales potencialidades hidroeléctricas brasileras están en la región Norte, donde se planea la construcción de usinas en los ríos Madeira, Xingú Tapajós, Teles Pires y Jamanxim. Una de ellas es la de Bello Monte, que ya tuvo su proyecto aprobado, a despecho de las resistencias ambientales, éticas y sociales que emergieron y el argumento de que habrá daños ambientales a las poblaciones ribereñas y al ecosistema.

La misma iniciativa que se prevé para el río Xingú, está enclavada en el gigantesco estado de Pará, donde se discute su división en tres unidades y la creación De Carajás y Tapajós.

El riesgo de este país no es el de que su economía crezca a fin de enriquecer las cifras de importación y exportación, sino la falta de consistencia entre las inversiones y las políticas distributivas de renta y oportunidad, la colocación de lucros y ganancias, el desarrollo científico y tecnológico del país, la generación de empleos de mejor calificación y la sustentabilidad de los proyectos infraestructurales.

Brasil solo tendrá el mérito de la “emergencia” cuando sane estos desajustes y reitere el compromiso con el capital humano, cuyo panorama nebuloso deja un saborcito de amargura en el paladar del economista menos ortodoxo.

De las hidroeléctricas que se proponen en el Plan mencionado, seis tienen prevista su instalación en Perú en la frontera con Brasil y su presupuesto es del orden de los 16 millardos de dólares; Inambari, Sumabeni, Pakitzapango, Urubamba, Vizcatán y Chuquipampa. La carta de intención firmada entre los dos países en junio de 2009 implica asociación entre Eletrobrás, Electroperú y empresas privadas.

Es de estas negociaciones con este país andino que surgen las críticas más duras con respecto a la instalación de usinas hidroeléctricas en asociaciones internacionales, en vista que la crítica ambientalista aduce diversos argumentos, como el del endeudamiento externo del Perú, para confrontar la viabilidad de estos proyectos energéticos. 

La opción brasilera por las megainversiones en hidroelectricidad está conformada por la disponibilidad exuberante de ríos caudalosos, aunque el costo de instalación de represas y turbinas sea elevado y los proyectos se localicen frecuentemente distantes de centros consumidores. La red de distribución en consecuencia es larga, como la de la binacional Itaipú en la frontera con Paraguay, y encarece la energía.

Los proyectos internacionales de instalación de usinas hidroeléctricas entre Brasil y otros países latinoamericanos no prescinden del estudio, planeamiento y tino, a fin de minimizar el número de perjudicados y no sólo abastecer la demanda de industrias básicamente exportadoras a cambio del vaciamiento de nuestros recursos.

La economía brasilera crece a un ritmo vigoroso.

¿Compartiremos nosotros la somatotropina u hormona del crecimiento?

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