Oct 30, 2012

El perro Católico: Una historia de opinión

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Por Adriana Vargas

 

Ayer decidí ir a misa de 6:30 p.m. en la Parroquia de Sabanilla, ya que había una actividad de alabanza sólo para mujeres. Al llegar, unas amigas, organizadoras de la actividad, me pidieron les cuidara una mesa que estaba en la entrada lateral del templo. Cinco minutos después de estar ahí, apareció un zaguate que me miraba fijamente con cara de ternura. También parecía tener una sonrisa en su cara… extrañamente. Le quité la mirada por unos segundos; me intimidaba, pero cuando me percaté, ya había entrado al templo y había buscado un lugar para sentarse. Sí… sentarse.


El perro parecía haber buscado uno de los mejores lugares entre la Asamblea. Reposaba sus patas traseras, subido en una banca, y las delanteras las apoyaba sobre la banca del frente. Parecía poner atención al sacerdote y mirar con una sonrisa a los que alrededor le miraban sorprendidos. Al ver tan inusual escena, decidí llamar al sacristán para que lo sacara. Él llegó de inmediato, pero el perro se escabullía, parecía no querer salir del templo. Al mismo tiempo, parecía recurrir a las demás personas en la Asamblea para que no lo sacaran. En un momento, apoyó sus patas delanteras sobre las piernas de una niña pequeña, quién se asustó mucho a pesar de estar en compañía de su padre y hermana. En ese momento, el sacristán y un amigo le echaron un abrigo sobre su cabeza, lo agarraron y lo sacaron del templo: el perro mordió al sacristán.


Minutos más tarde, varias personas, organizadoras de la actividad y voluntarios, decidieron mantenerse en la puerta para que el perro no entrara nuevamente. Lo intentó en muchas ocasiones, pero pareció comprender que no podía pasar de la entrada. Allí se quedó. Se durmió por algunas horas. Al terminar la actividad, parecía creer que tenía derecho a entrar porque la Asamblea ya se había marchado. Se reunió con las organizadoras mientras hablaban en círculo en el pasillo central del templo; les ponía atención. Luego, las acompañó al Santísimo mientras ellas oraban, se acercó al altar y luego salió corriendo alegremente.


Esta historia que les acabo de contar, me motivó mucho para compararla con la Fe Cristiana Católica. Un amigo ayer me decía: “Ojalá todos los Católicos fueran como ese perro”. Usualmente, personas de otras denominaciones religiosas suelen criticar a la religión Católica y en parte a veces tienen razón: nuestra sociedad tiene muchos Católicos light.


¿Cuántos Católicos hacen hasta lo imposible por que los dejen tener un lugar en el templo durante la Misa? Unos más bien prefieren quedarse sentados en las afueras. ¿Cuántos pelean para que no los saquen? Algunos prefieren salir porque no soportan el calor entre la multitud o les gana el sueño. Bueno… en es aparte el perro también se durmió, pero recordemos que él no razona, nosotros sí. ¿Cuántos Católicos llegan con una sonrisa cargada de alegría a la Misa? ¿Cuántos realmente ponen atención a lo que Dios desea decirles en el Evangelio? ¿Cuántos salen corriendo de alegría al terminar la Misa? Esto es preocupante. La respuesta no la sé, pero al parecer son pocos.

Quise escribir esto a todos los hermanos Católicos para que reflexionemos y aprendamos a amar más la Eucaristía y agradecer a Dios por cada bendición en nuestras vidas. Dejemos la pereza de lado, vayamos a misa, escuchemos con atención a Dios y vivamos alegres como el perro Católico.

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